
Era el taller de Alfonso Zubiaga, qué gran hombre! y cuantas fotos tenía para enseñar... cuántas manos posadas sobre el respaldo de aquellas sillas, normales, sin gracia...
al final, él, de cuyo nombre no puedo acordarme, acabó siendo el protagonista de mi primer día en Majadahonda.


Luego llegaron ellas, sencillas y naturales (con mucho arte también!) y me regalaron un par de fotos. A decir verdad, nos debemos mucho unos a otros... sin las risas de unas, la chispa de otros, etc. muchas de nuestras clases habrían sido prácticamente suicidas. Gracias chicos!